El decir del Nombre
En las orillas del lago de Appin, cuando la bruma soplaba desde el mar, un Stewart estaba con un Cameron: un hombre enfurecido era él.
La sangre latía en sus oídos, la sangre le subía hirviendo a la cabeza, la bruma soplaba desde el mar, y allí estaba el Cameron muerto.
«Oh, ¿qué le he hecho a mi amigo?, oh, ¿qué me he hecho a mí mismo?, para que él esté frío y muerto, ¿y yo en peligro de todo?
“No hay más que peligro en torno a mí, Peligro a mis espaldas y al frente, La muerte al acecho en el brezo En Appin y Mamore, Odio en todos los transbordadores Y muerte en cada uno de los vados, Los Cameron preparando las llaves de chispa Y los Cameron afilando las espadas.”
Mas era hombre de consejo, mas era hombre de acción, no habitaba Stewart más astuto en Appin ni Mamore.
Miró la bruma que soplaba, miró a los terribles muertos, y una sonrisa asomó a su rostro y un pensamiento cruzó por su mente.
Más allá de mojón y musgo, Más allá de maleza y risco, Corrió como corre el montañés Que lleva la cruz de guerra.
Su corazón latía en su cuerpo, Su cabello se pegaba a su rostro, Cuando al fin llegó al anochecer A la casa del hermano del muerto.
El oriente era blanco de luna, El poniente de sol estaba rojo, Y allí, en el umbral de la casa, Estaba el hermano del difunto.