Los trópicos se desvanecen, y me parece que yo, desde Halkerside, desde la cumbre de Allermuir, o el empinado Caerketton, vuelvo soñador la mirada.
Lejos, en campos y bosques, veo la ciudad surgir garbosa de los bajíos de su humo, risueña, con agujas y torrecillas, su virgen fortaleza con banderas.
Alrededor, en colinas que bajan hacia el mar, nuevos pliegues de ciudad centellean.
Por fin, el Forth hace rodar sus aguas amplias salpicadas de islas sagradas, y el populoso Fife humea con una veintena de pueblos.
Allí, en la solana de una colina, Cerca de la casa de los reyes, descansan los muertos, Mis muertos, los prontos y los de firme palabra.
Sus obras, encostradas de sal, aún perduran; El mar bombardea sus cimientos de torres; la noche Palpita atravesada por sus firmes lámparas.
Los artífices, Uno tras otro, aquí en esta celda enrejada, Donde la lluvia borra y el óxido consume, Cayeron en el silencio duradero.
Continentes Y océanos continentales median; Un mar inexplorado, en una isla sin lámparas, Rodea y confina a su hijo errante En vano.
La voz de generaciones muertas Me convoca, sentado a la distancia, a levantarme, A desandar ágilmente mis múltiples pasos, Y, acabada toda mudanza, tenderme En esa señalada ciudad de los muertos.