Los hombres son pilares del cielo; sin descanso sostienen por siempre el suelo celeste; el teatro del hombre soportan con facilidad, ¡cariátides sin ceño fruncido!
Yo, por mi esposa, sostengo el sol, o, adormilado, hago que las estaciones hielen. Ella, por su parte, a la usanza feérica maneja misterios más divinos, con sortilegios para hacer arder la leña y mantener cálida la sala, para convertir el agua en vino y las piedras en pan, por obra de su invicta cabeza de heroína.
Un Adán desnudo, una Eva desnuda, solos tejemos la enramada primigenia; secuestrados en los mares de la vida, pareja de Crusoe, marido y mujer, con todo nuestro bien, con toda nuestra voluntad, llenamos nuestra isla deshabitada; y victoriosos en las pequeñas guerras del día, el uno para el otro encendemos las estrellas.
Ven entonces, mi Eva, y de aquí para allá vayamos por nuestro jardín; y, con corazón agradecido, de la mano revisemos toda nuestra tierra cultivada, y maravillemos de nuestro extraño estado, pues la ruina encapuchada en la puerta se sienta vigilante, y los ángeles temen al vernos marchar con tanta osadía aquí.
Mientras tanto, mi Eva, entre flor y hierba pasamos nuestros días perecederos; observemos mucho más la espina—y veamos cómo quedan libres nuestros enormes pecados— y admiremos no menos, junto a la rosa, cuán lejos llega una pequeña virtud.