Te supe fuerte y quieto como los montes; te supe propenso a la piedad, valiente para el sufrimiento, en la paz o en la guerra un romano bien provisto; y justo te supe, como los reyes fabulosos que junto al mar ruidoso dictaban sentencia, del alba al ocaso, barbudos y de pocas palabras.
¿Qué, qué era yo para honrarte? Un niño; un joven en ardor mas un niño en fuerza, que tras las ruedas del carro de oro de la virtud corre siempre jadeante, sin alcanzar la meta.
Así lo pensé, y estaba mi corazón dolorido.
Desde entonces mis pasos han hollado aquel río En cuya orilla cesan las numerosas pisadas, Y las voces y las lágrimas de la vida expiran.
Hacia allí bajan las huellas, la senda del héroe Pisada con firmeza en la arena, y la de la doncella temblorosa: Nimrod que hizo sonar su trompa en el bosque, Y el pobre niño soñador, cazador de flores, Que aquí su cacería clausura junto a los grandes: Así uno y todos bajan, sin que nada retorne.
Para ti, para mí, el río sacro aguarda, Para mí, el indigno, ti, el amigo perfecto; Allí la Culpa cesa, allí sus perros fieles Él llama de la caza y vuelve al hogar; Mas la Alabanza y el Amor cruzan y entran. Así cuando, junto a aquella ribera, yo deseche Mi debilidad más que mortal, y contigo Por esa tierra quieta sin miedo avance; Si entonces aún conservamos el roce del gozo, Te alegrarás de hallarme cambiado —yo, Oh Félix, de contemplarte aún inmutable.