Fuera del sol, fuera del soplo, fuera del mundo, a solas paso por el brezal y por el bosque hasta donde el convento yace.
Allí ni el laúd ni la flauta que respira, ni rumor del mundo que palpita, ni confidencias bajas y queridas, herirán el oído meditabundo.
Apartados, inútiles y huraños, los prisioneros de la mente de hierro, donde nada habla excepto la campana, los hermanos desfraternos habitan.
Pobres hombres apasionados, vestidos de nuevo aún con agonizantes pliegues de carne; a quienes los ojos claros aún tientan a una audaz manifestación de la voluntad, mientras la feérica Fantasía muy por delante y la meditabunda Memoria-Guarda-la-Puerta ora invitan a una muerte heroica ora descorren la cortina de un nuevo deleite:
¡Ay, de poco sirve habitar así en la lejana colina sin vecinos!
¡Ay, estar despierto y activo, ay, Sin temor ni vergüenza marchar En todo el bullicio y la muchedumbre En torno a mi labor humana!
Mi corazón inconmovible escucho Susurrar valor en mi oído.
Con mudos llamados, la antigua tierra Me convoca a un nacimiento diario.
Tú, oh amor mío, vosotros, oh amigos — Lo esencial de la vida, el fin de los fines— ¡Reír, amar, vivir, morir, Me llamáis por el oído y el ojo!
Fuera de la tronera, en la llanura Donde el honor el mundo apura, ¡Salid y obrad con bravura y arte, Oh, caballeros sin baluarte!