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II

en el suelo, y los puercos son tan abundantes como las ratas. Y ahora, cuando se lanzan al mar, los hombres de Námunu-úra espigan bajo los árboles ¡y cargan la canoa hasta la borda con todo lo sabroso de comer; y todo el día en el mar las quijadas trituran la vianda, el timonel come en el timón, los remeros muerden el remo, y al fin, cuando tienen la panza llena, ¡arrojan el resto por la borda!» Entonces la palabra se hizo realidad, y tan pronto como el cebo quedó al descubierto, todos los cerdos de Taiárapu levantaron el hocico en el aire. Se recitaron cantos, se contaron los lazos de parentesco y se relataron historias de cómo la guerra había separado recientemente, pero la paz había unido antaño a los clanes de la isla. «Pongamos fin a la guerra —dijeron—, y marchemos al encuentro de los Námunu-úra como un amigo ante un amigo».

Así fue juzgado, y se fijó un día; y apenas rompió el alba, Las canoas fueron echadas al mar, y las casas vaciadas de gente.

Soplaría con fuerza el viento del sur, el viento que convoca al clan; A lo largo de toda la línea del arrecife corrían las olas clamorosas; Y las nubes se amontonaban en la cima de la isla a la altura de una montaña, Una montaña coronada sobre otra montaña.

La flota de canoas pasó veloz En medio, sobre la verde laguna, con una tripulación libre de preocupaciones, Navegando un agua tranquila, respirando un aire de verano, Aclamada por un sol sin nubes; y siempre a izquierda y derecha, Estallaba la rompiente en el arrecife, y tormentas empapaban la altura.

Así la gente de Vaiau navegó y fue feliz todo el día, bordando el cabo de palmeras y cruzando la bahía poblada por todos los pueblos de los tevas; y mientras avanzaban a toda vela, barca respondía a barca con bromas, risas y canciones, y la gente de todos los pueblos acudía en tropel a la orilla del mar, y miraba poniendo la mano en la frente o trepaba a los

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