Te filtras por el helecho del monte, un arroyuelo exiguamente delgado.
A pesar de toda tu espuma, a pesar de todo tu estruendo, el pálido lago te dará sepultura, ¡ay de mí por el señor Swin- burne!
Toma pues este cuarto en tu aleta y, oh fogonero enorme y severo, todo el asunto, por fuera y por dentro, ¡quema!
Pero salva a la verdadera parentela poética, ¡las obras del señor Robert Burn- s y las de William Wordsworth sobre Tin- tern!