Te veías tan tentadora en el banco, lucías tan astuta y serena— mis dedos temblorosos jugaron con los tuyos mientras ambos buscábamos el Salmo.
Tu corazón latía fuerte contra mi brazo, Mi pie junto al tuyo quedó, Tu rizo suelto abrasaba mi mejilla Cada vez que los dos se encontraban.
¡Ay, poco, muy poco escuchamos, amor, y poco, muy poco importó, aunque el clérigo diera su sermón y la feligresía miró.