[A mi salida de la isla de Apemama —en vano la buscaréis en la mayoría de los atlas—, el Rey y yo acordamos, ya que ambos nos las damos de poetas, celebrar nuestra separación en verso. Si su Majestad ha cumplido o no su parte del trato, tal vez me informen los rezagados correos del Pacífico de aquí a seis meses, o quizás no antes de un año. Los siguientes versos representan mi parte del contrato y se espera que, mediante sus estampas de extrañas costumbres, puedan entretener a un público civilizado. Nada en ellos ha sido inventado ni exagerado; la dama a la que aquí se alude como la musa del autor se ha limitado a hilar en rima hechos o leyendas que vi o escuché durante dos meses de residencia en la isla.— R. L. S. ]
Envoi
Nosotros, que nos despedimos como hermanos, despedémonos como bardos; Y tú en tu lengua y métrica, yo en la mía, Nuestra división de ahora solemnicemos con la debida pompa. Distintos los cantos, y sin embargo el tema es uno: ¡Los cantos distintos, y cuán distinto su destino!
Tú al cegador patio de palacio llamarás Al prefecto de los cantores, y a él, Devoto oyente, tus versos de despedida Entregarás; él, cumplido su cometido, Pasará tus medidas al coro de la isla, Unidas ya a la armonía: así a ellos, al fin, Noche tras noche, en el abierto salón de danza, Treinta hombres de estera, al son de palmas, Entonarán y rebuznarán y ladrarán.
¡Desdichado! Solo el papel y la imprenta honrarán al mío.