Por los grandes ríos las naves van en los menesteres de los hombres, de aquí para allá. Pero yo, la falúa de cáscara de huevo, duermo en aguas cristalinas a la altura del tobillo: yo, cuyo diseño diminuto, de cedro más dulce, pino más meduloso, está moldeado de manera tan frágil que una mano puede botarlo, una mano retenerlo: yo, más bien, con la trucha saltarina zigzagueo entre los lirios, de aquí para allá; yo, la anónima, la inviolada, navego por ríos verdes y silvestres; mi remo sumergido apenas sacude la baya en los zarzales; silenciosa sigo adelante por mi verde camino junto al confín del jardín de la cabaña; y paso junto al pescador anidado, y tomo a los amantes por sorpresa. Por el bosque de sauces y la rueda hidráulica mi quilla tangente avanza veloz; por todos los sitios retirados y umbríos donde prosperan los turbios nomeolvides; por los prados donde por la tarde las jóvenes que crecen desfilan en junio para aflojarse los ceñidores sobre la hierba. ¡Ah! Más veloz que ante el espejo se apresura el tocador inverso; y raudas como el temblor de las golondrinas, la bata y la camisa y las ásperas medias de campo yacen en torno a cada joven divinidad. Cuando, siguiendo el arroyo recóndito, de pronto contemplo esta escena, y aparezco con rostro desconocido en el baño de la casta Diana, fuerte resuenan las colinas y todos los bajíos quedan abandonados. …
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La canoa habla
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