Amigo, en mi solar serrano, que mira al llano, verde y grana, de pardillos mi huerto ameno, de vegetales esté lleno.
Que medre allí primero el ajo, rosa de raíz, de limpio tajo, alma poética y olor a vino del gran tazón peregrino.
Que el tomillo montaraz —para aderezar aves pequeñas— y el berro a la par, amante del arroyo somero, asomen por mi jardín entero.
Ni falte el rábano rojo y terso, ni el guisante que alegra al tierno ni del clan ensaladero el último y el más velero que en los lechos de la tierra medró.
Ni falten de la alcachofa las lanzas; ni la haba mollar que, tierna e inocente al coger, al alabado guisante ha de vencer.
Atiende a estos, te ruego; y para mí, tu amo más paciente, trae en abril, cuando cantan los pardillos y los días se alargan más y más, al atardecer, a la puerta del jardín.
Y yo, provisto de este modo, cenaré divinamente, con soberbios espárragos, un libro, una vela y una copa de vino del país.
La Solitude, Hyères.