Una casa desnuda, un páramo desnudo, un estanque tembloroso ante la puerta, un jardín desprovisto de flores y fruta y chopos al pie del jardín: tal es el lugar en el que vivo, desolado por fuera y desprovisto por dentro.
Aun vuestro páramo baldío recibirá el pomposo brío del véspero incomparable, y al alba las frías glorias que descalva tras vuestros árboles tiemplan su erizado abrigo; y cuando el viento a su capricho cace galeones de nubes sin amarras, vuestro jardín brillará entre guitarras de luz saltarina y lluvia que destella.
Aquí la luna maga en su estrella ascenderá a los cielos, en el fin carmesí del declive del día; aquí el ejército de estrellas lucirá.
Las hondonadas vecinas, secas o mojadas, la primavera de tiernas flores dejará sembradas; y a menudo el madrugador soñador verá alondras alzándose en el florido prado de retama, y cada rueda feérica y cada trama de telaraña, de rocío diamantada.
Cuando se vayan las margaritas, el tiempo invernal plateará con escarcha el pasto habitual; las heladas de otoño hechizarán la charca y harán bella la huella que el carro marca; y cuando níveo y brillante el páramo se extienda, ¡cómo aplaudirán vuestros hijos en la tienda!
Para hacer de esta tierra, nuestra ermita, una página alegre y mudadiza, el diseño brillante y complejo que Dios excita de días y estaciones nos satisface y agoniza.