Tres fueron los días de su huida, como los dioses dispusieron antaño, Dos las noches de su sueño a solas en el lugar de la sangre: El adormecimiento embriagado del delirio lo apuró hasta las heces, Sobre las piedras sagradas del Alto bajo los árboles sagrados; Con una lámpara junto a su cabeza cenicienta yacía en el lugar del banquete, Y las hojas sagradas del baniano susurraban en torno al sacerdote.
Por fin, cuando la tarde prescrita cayó sobre terraza y árbol, Y la sombra de la excelsa isla yacía a leguas de distancia en el mar, Y todos los valles de verdor pesaban con maná y almizcle, El guiñapo del sacerdote de ojos rojos llegó jadeando a casa en la penumbra. Caminó tambaleándose por la aldea, avanzó titubeante por la orilla, Y entre los tikis burlones se arrastró a ciegas hasta cruzar su puerta.
Se sintió un murmullo por las tiendas, la voz del habla despertó; Una vez más de las plataformas construidas se levantó el humo vespertino.
Y aquellos que eran poderosos en la guerra, y aquellos célebres por un arte Se sentaron en sus puestos asignados y hablaron del mañana aparte.