El toque matinal del tambor vibra aún inolvidable en mi ávido oído; el rocío de la mañana yace todavía sin secar a lo largo de mi campo del mediodía.
Pero ahora me detengo a ratos en lo que hago, y cuento la campana, y tiemblo por si escucho (sin terminar mi obra) el cañón del atardecer demasiado pronto.