Me dicen, dama, que hoy día En esa australiana y anónima orilla — Hace ya un tiempo, tan lejana todavía— Otra dama a la ronda se unía.
Se unió a la compañía de aquellas Dotadas de gracia, nobles y sencillas, Que, sonrientes, perdonan a sus bellacos Y a sus amigos guardan bajo estrecho lazo.
Ella, señora, según sé, fue una entre pocas de gran bien; y un sol destinado a ser, siempre y do, en todo trance oscuro y gris también:— Ella, según me contaron, de lejos venía, por tierra y mar, de leguas cien:— Admirada por todos, amada por algunos, ella era usted, según entendí bien.
Pero, dejando aparte el cumplido y libre de toda atrición de versos, que la bondad y el honor, la gracia y el júbilo, te acompañen siempre en tu camino— a la altura de tu voluntad, más allá de lo que mi poder pueda expresar— como ella y yo seguimos deseándote, señorita Cornish, en el día de tu natalicio.