Rahéro
Rahéro estaba allí en el vestíbulo dormido: a su lado su esposa, Bella, una mujer alegre, de aquellas que disfrutan de la vida; Y una muchacha en edad de casarse, tímida y astuta como un ratón; Y un muchacho, trepador de árboles: todas las esperanzas de su casa.
Despreocupado, con las manos abiertas, dormía en medio de los suyos, Y soñó que oía una voz que gritaba afuera, y despertó, Poniéndose en pie a ciegas como quien sale de un sueño temible.
Un fulgor infernal y nubes lo rodeaban; —rugía en sus oídos Como el sonido de la catarata que cae repentina y empinada; Y Rahéro se tambaleó al ponerse en pie, y su razón aún dormía.
Ahora la llama golpeó con fuerza la casa, empuñada por el viento, un golpe fracturante, Y el extremo del techo reventó y cayó sobre los que dormían; Y el elevado vestíbulo, y el banquete, y los cuerpos postrados de la gente, Brillaron rojos a sus ojos un momento, y luego fueron tragados por el humo.
A la mente de Rahéro acudió la claridad; y abrió la garganta; Y como cuando llega de improviso una racha, la tensa vela de un bote Truena fuerte y se desgarra, así tronó la voz del hombre.
—«¡El viento y la lluvia!», gritó, la palabra de reunión del clan, Y «¡Arriba!» y «¡A las armas, hombres de Vaiau!», pero el silencio respondió, O tan solo la voz de las ráfagas del fuego, y nada más.
Rahéro se inclinó y tanteó a tientas. Tocó a sus mujeres,