Tú, Caridemo, que mi cuna meciste, y me cuidaste todos los días de mi infancia;
tú, a cuyo paso se despiertan los esclavos más perezosos, y tiemblan tanto el mayordomo como el administrador; la espuma del barbero ahora ennegrece con mi barba, y mis ásperos besos asustan a las criada; mas con reproche tus severas cejas se contraen, y veo que tus dedos se devoran por la vara.
Si ataviado con delicadeza voy, al punto exclamas: «Tu padre no hacía tal». E irritado, cuentas las botellas en la mesa como si mi bodega fuera tu provisión privada.
Basta, al fin: he hecho todo lo que puedo, y tu propia ama me saluda como a un hombre.