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III

apenas tomó aliento, se puso al instante a pescar como un hombre empeñado en la cena en su casa y en un plato sabroso. Pues, ¿qué habría visto la mujer? Un hombre con una antorcha —y luego el borrón de un momento ante los ojos— y de nuevo un hombre con la antorcha. Y la antorcha apenas si se había sacudido. «Ah, sin duda —dijo Rahéro—, ella lo tomará por un truco de la vista, un capricho nacido en la cabeza; pero hay que darle tiempo al necio para alimentar la creencia del necio». Así que por un rato, pescador diligente, recorrió el arrecife, deteniéndose a veces y mirando fijamente, golpeando a veces con la zarpa: —Por último, lanzó el llamado; y apenas la barca se acercó, como un hombre que ya no tenía uso para ella, arrojó la antorcha al mar.

Ligero saltó a la barca junto a la mujer; y ella Le habló con ligereza, y el remo y su sitio le dio; Pues ya la antorcha apagada la noche era un pozo negro.

Rahéro se puso a remar, sin pronunciar palabra, Y la barca cantó en el agua impulsada por su vigoroso golpe.

—¿Qué te aflige —preguntó la mujer—, y por qué dejaste caer el tizón? No tenemos más que encender otro tan pronto como lleguemos a tierra. Ni una sola palabra respondió Rahéro, sino que empujó la canoa. Y un escalofrío se apoderó de la mujer. —¡Atta! ¡habla! ¿eres tú? ¡Habla! ¿Por qué guardas silencio? ¿Por qué te inclinas a un lado? ¿Por qué diriges el rumbo hacia alta mar? —así exclamaba y gemía.

Ni una palabra del remero, afanándose allí en la oscuridad;

sino que directo hacia una brecha del arrecife encausó en silencio la barca,

y empuñando el único remo con apasionada brazada tras brazada,

la impulsó, a la pequeña frágil, hacia alta mar.

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