“Taheia, de abundante cabellera, una necedad hemos hecho, Al atar lo que los dioses separaron cruelmente en uno. ¿Por qué habría de tocar un humilde amante la falda de Taheia, Taheia la de noble alcurnia, y Rua, hijo de la escoria?”
—En lo alto, con los haka-ikis, mi padre se sienta en su trono, Cincuenta veces diez parientes lo saludan en la puerta; Alrededor de todo su cuerpo guerrero, y en bandas sobre su rostro, Las marcas del tatuador proclaman su elevado lugar. Yo también, en manos del experto, en la sagrada cabaña de palma, Me he encogido como la mimosa y balado como el cordero; Alrededor de la mitad de mi tierno cuerpo, que nadie abrazará sino tú, Como cresta y hermoso adorno van delicadas líneas de azul. Amor, amor, amada Rua, el amor nivela todas las jerarquías, Y la bien tatuada Taheia se aferra jadeante a tus rodillas.
—«Taheia, canción de la mañana, ¿cuánto dura el más largo amor? ¡Un grito, un apretón de manos, una estrella que cae de lo alto!
Siempre de mañana en el azul, y de noche cuando todo es negrura, Siempre se esconde y tiembla con el cazador, la Muerte, en su pista.
¡Óyeme, Taheia, muerte! Pues mañana el sacerdote se despertará, Y serán dichos los nombres de las víctimas que sangrarán por el bien de la nación; Y el primero de los muchos numerados que serán masacrados antes del mediodía, Rua, el hijo de la suciedad, Rua, el pilluelo sin parientes.
Por él será batido el tambor, por él será entonado el canto, Por él acudirá el pueblo cantando al Alto lugar sagrado, Por él el humo del horno como por una bestia muda, Y el padre de mi Taheia vendrá codicioso al banquete».
«Rua, calla, ten piedad de mí. Taheia cierra los oídos. ¡Apiádate de mi corazón anhelante, apiádate de mis años de doncella! ¡Huye de las crueles manos, huye del cuchillo y del carbón, Escóndete en lo profundo de los bosques, Rua, padre de mi alma!».