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Ad Piscatorem

Pues son todos sagrados peces estos que al señor conocen que de todo es señor; al borde acuden y hocican la mano amiga que manda y puede ensombrecer toda la tierra.

No solo eso, sino que tienen nombres, y acuden cuando el Señor de Roma los llama. Aquí lanzó una vez su sedal un impío libio; y al sacar su presa con la caña trémula, al punto la luz le faltó. Tanteó, sin hallar la presa que había apresado.

Ahora, como advertencia al clan de los pescadores, junto al lago se sienta, convertido en pordiosero.

Tú, pues, mientras tu inocencia aún sea pura, huye veloz, ni oses tender tu anzuelo; respeta a estos peces, pues grandes son sus amigos; y vacía en las aguas todo tu cebo.

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