(Para R. A. M. S.)
En cuentos antiguos, ¡oh amigo!, habitó tu espíritu; allí, desde antaño, pasó tu infancia; y allí la alta expectativa, los altos deleites y hechos, movieron tu corazón tembloroso con esperanza y terror. Y tú has oído antaño a la Bestia Blasfema, y el cuerno de Roldán, y aquel grito sembrador de guerra del indefenso Aquiles, coronado de égida. Y tierras peligrosas viste, orillas sonoras y mares y bosques sombríos, isla y valle y montaña oscura. Pues tú cabalgaste con Tristán o Bedevere, en la lejana Lyonesse. Tuviste un puesto en Samarkanda, en el cual magos de soslayo comerciaban; desde allí, de noche, un ifrif te arrebató, y con alas te alzó más allá del monte Aral; o, esperando ganancia, tú, con una jarra de dinero, te embarcaste hacia Basora por mar. Pero sobre todo tú en aquel aire limpio cobraste vida; en la Arcadia hechizada, tierra de canto; y junto a las fuentes que más frecuentan los dioses. Allí el viejo Quirón, en el antro peletronio, te enseñó el saber; las plantas te enseñó, y por las estrellas brillantes en bosques sombríos a timonear. Allí has visto al inmortal Pan bailar en secreto en un claro, y, bailando, rodar sus ojos; estos, donde caían, vertían júbilo, y a través de los robles congregados un horror volador aleteaba; mientras toda la tierra vibraba por dentro ante el paso fecundo del dios. O a veces, junto al arroyo sollozo, soplaba, en su flauta apretada, notas amorfas y hechiceras divinas mas brutales; que el bosque escuchaba, y tú,