Muerte, para los muertos por siempre jamás Un Rey, un Dios, el último, el mejor de los amigos— Cuando termine este viaje mortal La Muerte, como un anfitrión, sale sonriendo a la puerta; Sonriente, nos saluda, en esa orilla apacible Donde ni el ave que trina ni el alba que asoma Perturban el sueño eterno, Sino que en la quietud muy apartada Nuestro descanso sin sueños por siempre jamás guardamos.
Pues cual desde ventanas nos asomamos A la noche de estrellas coronada Y de rocío por siempre mojada;
Así desde esta vida chillona asoma el espíritu; ¡Y ved! como una ciudad dormida la muerte se extiende, Donde respiran los durmientes con calma; ¡y ved! Tras las ruidosas guerras, triunfos, trompetas, llantos Y el clamor de la pasión humana, aparece la Muerte, Y habremos de levantarnos y partir.
Pronto se cansan los ojos del sol; pronto los oídos se fatigan del verbo, pues todo está dicho; pronto, el cerebro que todo lo medita y urde, sacudido por esperanzas y temores, cansado de todo, se cansa de los años; y nuestros tristes espíritus se vuelven hacia los muertos; y el niño cansado, el cuerpo, anhela la cama.