Mi cuerpo, que mi calabozo es, y a la vez mis parques y palacios:— que es tan grande que allí ando todo el día de acá para allá, y cuando la noche empieza a caer tiendo mi lecho y duermo, mientras todo el edificio zumba de vigilia— igual que la hija de unos salvajes cuando la tarde la sorprende en camino (tras haber vagado un día de verano por las laderas y la cima del monte), duerme en la cueva de aquel alpes:— que es tan ancho y alto que allí, como en los campos sin cima del aire, mi fantasía se eleva cual cometa y desmaya en el azul infinito:— que es tan fuerte que mis mayores angustias y los rudos golpes del mundo asediante no lo quiebran, y a la vez tan débil, que la muerte refluye en su muro suelto como el mar verde en las redes de los pescadores, y rebasa sus más altos parapetos:— que es tan enteramente mío que puedo accionar toda su artillería, y tan poco mío, que mi alma habita en perpetuo dominio, y yo solo pienso y hablo y hago como mis padres muertos me impelen:— Si este cuerpo nacido de mis huesos el alma indigente apenas posee, ¿qué dinero pasado de mano en mano, qué costumbre rastrera de la tierra, qué escritura de autor o cesionario, puede hacer de una casa una cosa mía?
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Mi Cuerpo Que Mi Calabozo Es
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