“Mi casa”, digo. Mas escuchad las torcaces solares que hacen de mi tejado la arena de sus amores, que giran en torno al gablete todo el día y llenan las chimeneas de su canto rumoroso:
“Nuestra casa”, dicen; y “mía”, declara el gato y extiende su vellón dorado sobre las sillas; y “mía” el perro, y se levanta tieso de ira si alguna planta ajena profana el sendero.
También el gamo que podaba mis terrazas, nuestro antaño jardinero, llamaba suyo el jardín; quien ahora, depuesto, contempla mi llana morada y su difunto reino, solo desde el camino.