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I

“He matado a un hombre y mi vida pende de un hilo, he matado a un hombre y mi muerte es segura. Pongo mi alma en tus manos”, dice el jadeante Stewart.

“La dejo desnuda en tus manos, pues sé que tus manos son leales; y sé tú mi escudo y mi baluarte contra la bala y el acero”.

Entonces se levantó y habló el Cameron, Y le dio de nuevo la mano:

«Jamás habrá un hombre en Escocia Que ponga su fe en mí en vano; Y al hombre que hayas degollado, Sea cual fuere su nombre o linaje, Por mi espada y aquella montaña, Hago tu causa mía. Te invito junto a mi fuego, Comparto contigo casa y salón; Es cuestión de mi honor Asegurar que estés a salvo de todo».

Ocurrió a la hora de medianoche, cuando el zorro ladraba en su guarida, y los mantos cubrían los rostros en todas

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