Tarde se acuesta el sol invernal, cabeza helada, fogosa y dormilona; parpadea apenas una hora o dos; y entonces, como una naranja color sangre, se vuelve a poner.
Antes de que las estrellas dejen los cielos, Por la mañana en la oscuridad me levanto; Y temblando en mi desnudez, Junto a la fría vela, me baño y visto.
Junto al alegre fuego me siento para calentar un poco mis huesos congelados; o en un trineo de renos exploro los países más fríos alrededor de la puerta.
Cuando, al salir, mi fiel nodriza con gorro y bufanda me abriga, el viento frío la cara quema y la fría pimienta en la nariz me cuela.
Negras son mis huellas sobre el prado de plata; espeso sopla mi aliento helado al exterior; y árbol y casa, y colina y lago, están escarchados como un pastel de bodas.