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Epístola a Albert Dew-Smith

Imagíname, te ruego, a un hombre de mi extraño corte — alejado del baile y el jolgorio, encerrado en un valle alpino;

Encerrado en un Hotel maldito, Desairado por Dios y el hombre; ¿La comida?⁠—Señor, le iría mejor Llenándose el buche de salvado.

¿La compañía? ¡Ay del día en que he de vivir con tal calaña!, ¡sin un demonio que algo diga, ni nadie a quien decirle nada!

¿El sitio? Aunque lo llamen Platz, seré osado y diré lo mío: No es un sitio en absoluto —y esa es La veracidad de fondo, terrón mío.

Hay, como no negaré,

  • Innumerables mesones;
  • un camino;
  • Los Alpes, de altura indiferente;
  • La morada inviolable de la nieve;

Once clérigos ingleses, todos Del todo inofensivos; cuatro Seres humanos verdaderos —lo que yo llamo Humanos— y ni un cero más;

Un clima de sorpresa y prez; Perros que ladran a porfía; Un tanto de aire, tierra y tez; ¡Cierta raza autóctona —válgame Dios— hoy día!

Una raza que obra, mas no obra bien, Yodela, mas no sabe yodelar, Y a la cual, sin ayuda y con herrumbrado bien, Juro que podría por completo aniquilar.

Un río que de la mañana a la noche Por todo el valle hace el tonto; Ni una sola vez se detiene en su vuelo, Ni conoce el consuelo de una poza;

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