Mas los humos del fuego y de la kava habían ahogado la vida en sus mentes, y yacían como columnas derribadas; y su mano encontró al muchacho, y brotó en la penumbra de su alma un repentino relámpago de alegría. «¡A él puedo salvarlo —pensó—, si soy lo suficientemente rápido!». Y se desató el paño de los lomos, y envolvió al niño en la tela: Y firmemente trabó la carga alrededor de su cuello.
Allí donde el techo se había hundido, rugía como la boca del infierno.
Hacia allá fue Rahéro, tropezando con gente desvanecida,
Y se aferró a un poste de la casa, y comenzó a trepar entre el humo:
El último con vida de Vaiau; y el hijo engendrado por el padre.
El poste brillaba en las vetas con úlceras de fuego devorador,
Y el fuego mordió hasta la sangre y le destrozó las manos y los muslos;
Y los vapores le zumbaron en la cabeza como vino y le escocieron los ojos;
Y aun así trepó, y llegó a la cima, el lugar de la prueba,
Y metió una mano a través de la llama, y trepó con vida al techo.
Pero aun al hacerlo, el viento, con un vestido de llamas y dolor,
Lo envolvió de la cabeza a los talones; y el taparrabos se partió en dos;
Y el fruto vivo de sus lomos cayó en el fuego de abajo.
Alrededor de la casa del festín llameante se apiñaban los ojos del enemigo, vigilando, la mano sobre el arma, no fuera a huir un alma, protegiendo la frente del fulgor, estirando el cuello para ver. Tan solo, a sotavento, las