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II

Ahora escúchame, hija mía, y oye una palabra de los sabios: Cómo una fuerza va unida a una debilidad, de dos en dos, como los ojos. Bien saben manejar el ómare y arrojar lejos la jabalina; Sin embargo, son codiciosos y débiles como los cerdos y los niños. Plantemos, pues, aquí en Paea un jardín de excelentes frutos; Plantemos plátanos, kava y taro, el rey de las raíces; Que los cerdos en Paea sean tapu y ningún hombre pesque por un año; Y de toda la carne en Tahití juntemos aquí el triple. Así la fama de nuestra abundancia llenará la isla y así, Por fin, en boca de los rumores, irá a donde deseamos que vaya. Entonces los cerdos de Taiárapu levantarán el hocico en el aire; Pero nosotros nos sentaremos tranquilos y esperaremos, como el pajarero junto a la trampa, Y cruzaremos tranquilamente las manos, hasta que los cerdos vengan husmeando la comida: Mas entretanto construyámonos una casa de Trotéa, la madera terca, Atémosla con correas incombustibles, pongámosle un techo a la estancia, Demasiado fuerte para que las manos de un hombre la desarmen o el fuego la consuma; Y allí, cuando los cerdos vengan troteando, allí se servirá el banquete, Allí el ojo de la mañana alumbrará a los banqueteros muertos. Hágase así; pues tengo un corazón que se apiada de tu estado, Y Nateva y Námunu-úra son fuego y agua por el odio.

Todo se hizo como él dijo, y los huertos prosperaron; y ahora la fama de su abundancia se extendió, y noticias de ella llegaron a Vaiau. Pues los hombres de Námunu-úra navegaron, muy a barlovento, y fondearon en alta mar hacia el sur, donde están las poblaciones de los tevas, y arrojaron al agua parte de su abundancia; ¡y he aquí que a los pies de los tevas la rompiente en todas las playas arrojaba tesoros de comida! En la sal del mar, una cosecha agitada por la espuma de resaca; y los niños la espigaban jugando, y comían y la llevaban a casa; y los ancianos miraban estupefactos y debatían, se asombraban y bromeaban, pero cada vez que llegaba un huésped, con avidez le interrogaban; y poco a poco, de uno en otro, corrió la voz: «En todas las tierras de Paea la vianda se pudre

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