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II

La venganza de Támatéa

Así fue la traición de Rahéro; así y no más llegó. El rey se sentaba a salvo en su sitio y un bondadoso tonto había muerto.

Pero la madre de Támatéa se levantó con la muerte en los ojos.

Toda la noche, y la siguiente, resonó Taiárapu con sus gritos.

Como cuando una niña en el bosque se vuelve con un escalofrío de duda Y no advierte hogar ni amigos, pues los árboles la han cercado por doquier, La montaña resuena y su pecho se desgarra con la voz de la desesperación: Así, la mujer semejante a una leónofuera fatigaba en vano el aire Por un rato, y laceraba el oído de los hombres y hería sus corazones.

Pero como cuando el tiempo cambia en el mar, en parajes peligrosos, Y de pronto los jirones del huracán se despliegan por el frente del cielo, De inmediato el barco yace inactivo, las velas cuelgan silenciosas en lo alto, El soplo del viento que soplaba se apaga como la llama de una lámpara, Y los silenciosos ejércitos de la muerte se acercan con paso inaudible:

Tan repentino, la voz de su llanto cesó; en silencio se levantó Y salió de la casa de su dolor, una mujer revestida de reposo, Llevando la muerte en el pecho y afilando la muerte en la mano.

Por aquí fue y por allá en todas las costas de la tierra. Cuentan que no temía dormir sola, en lo hondo de la noche, En lugares malditos; vio, sin palidecer, la cinta de luz Girar de templo en templo;

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