Como aquel que tras vagar la noche entera en un denso y enmarañado bosque, llega al fin en las primeras horas, al cantar matutino, y cuando el sol se alza en su poderío, hasta el margen franjeado del soto, y contempla, mirando a lo lejos ante sí, muchas millas de campiña inclinada, muchos campos y árboles, y ciudades y arroyos brillantes y la lejana sonrisa del Océano:
Yo, Melampo, detenido, contemplo extasiado:
- Yo, liberado, contemplo la vida,
- El amor, la angustia y los polvorientos caminos del peregrino,
- El timón del timonel, la útil navaja del cirujano,
- La reja solitaria que levanta la tierra del labrador,
- El bullicio de las ciudades y el rumor
- De los mares, y las cumbres altivas en el aire,
- Y de la tierra en órbita la esfera suspendida:
Yo, mirando, me asombro: yo, atento, adoro;
Y, oh Melampo, extendiendo mis manos en adoración, clamo en voz alta y vuelo en espíritu, muy alto sobre las tierras yacentes y las bajas cuevas de las cosas mortales, y huyo hacia los últimos campos inexplorados del universo, donde no hay hombre, ni tierra alguna, ni mar, y el alma satisfecha está a solas con Dios.