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Robin y Ben; O, El pirata y el boticario

varios banqueros. Vosotros contáis las riquezas con los dedos, os lançáis en pos de Sals y Bridgets, bebéis y arriesgáis el delirium tremens , ¡con una hacienda que es la de un simple marino! Considerad a vuestro amigo y compañero de escuela, pronto a casarse con la señorita Trevanion (suave, honorable, gorda y florida, con sabe Dios cuántas tierras en dote). Mircadme a mí⁠—¿estoy en buena forma? Mirad mis manos, mirad mi rostro; mirad el paño de mis ropas; juzgadme y probadme, de pe a pa; y conceded, al César lo que es del César, que he sacado más partido de la vida que vosotros. Con todo, ni busquéis ni arriesguéis la vida; me estremecía ante un cuchillo abierto; los mares peligrosos siempre evité y me aferré a la tierra pasara lo que pasara. No tenía oro, ni cantera de mármol, fui un pobre boticario, y sin embargo aquí estoy, a los treinta y ocho, un hombre de patrimonio asegurado».

—Bien —respondió Robin—, bien, ¿y cómo?

El sonriente químico se dio golpecitos en la frente. «Rob —respondió—, este cerebro palpitante aún trabajaba y anhelaba ganancias. De día y de noche, para cumplir mi voluntad, martillaba como un molino de pólvora; y observando cómo giraba el mundo halló una teoría del robo. He aquí la clave del bien y del mal: roba poco pero roba todo el día; y este plan invaluable define lo que se llama un Hombre Honesto. Cuando serví por primera vez al doctor Pill, mi mano siempre estaba en la caja. Ahora que yo mismo soy un maestro mis ganancias llegan aún más suave y rápidamente. Así: el miércoles, una criada acudió a mí en el curso del negocio. Su madre, la esposa de un viejo granjero, necesitaba un medicamento para

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