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Et Tu in Arcadia Vixisti

con asombro; y a lo lejos en la llanura el labrador inerme se sobresaltaba y prestaba oído.

Hay cosas que, a quien las ve, le imponen Una fuerte vocación; y hay melodías Que quien las oye, las oirá por siempre jamás.

Por siempre jamás oyes al inmortal Pan Y a esas melodiosas divinidades, siempre jóvenes Y siempre cantando en las viejas montañas.

¿Qué fue esta tierra, hija de los dioses, para ti?

Fuera de tu país de los sueños, soñador, viniste, y en tus oídos sonaba la música antigua, y en tu mente las hazañas de los muertos, y aquellas edades heroicas tiempo ha olvidadas.

A una tierra tan caída, ¡ay!, demasiado tarde, ¡ay!, en días malvados, tus pasos regresan, a aguardar al mediodía los ruiseñores, a volverte morador de la playa hasta que la Argo llegue que llegó hace mucho, demorador junto al estanque donde aquel ángel deseado ya no se baña.

Como cuando el indio a Dakota llega, O al lejano Idaho, y donde habitó, Él con su clan, halla una ciudad zumbante; Allí por un momento, atónito, mira, y luego A diestra y siniestra, cual perro sabueso, Busca primero los altares ancestrales, luego el hogar Frío por las lluvias de antaño, y donde el viejo terror se alojaba, Y donde los muertos: así a ti la inmortal Esperanza, Con toda su jauría, te persigue chillando a través de los años: Aquí, allá, huyes; mas ni aquí ni allá habitan los gratos dioses, ni mora la gloria.

Eso, aquello no era Apolo, no era el dios. Esta no era Venus, aunque Venus pareciera Un momento. Y aunque hermoso corra aquel río, Ella, en todo el trayecto, desde fuente deshechada Hasta mares profanos corre; los dioses abandonaron Hace mucho sus juncos temblorosos; de

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