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¡Oh, dama bella y dulce!

¡Oh, dama bella y dulce, levántate y marchémonos adonde no llegan ni la lluvia ni la nieve, ni el exceso de frío o de calor, para hallar un tranquilo refugio junto a bajos valles de sauces por donde fluyen ríos silenciosos! Allí encaminemos nuestros pasos, ¡oh, dama bella y dulce! — lejos de la calle ruidosa, del penoso bullicio de la ciudad, lejos de la calle mugrienta, donde al fulgor del atardecer se reúnen las golondrinas de verano, y los callados segadores siegan. Levántate y marchémonos, ¡oh, dama bella y dulce!, pues aquí soplan los vientos recios, aquí arrastra el aguanieve cegadora.

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