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El molino

(Una fantasía de lecho de enfermo)

Un callejón cruzaba el grato bosque, A cuyos lados de su ancha boca se alzaban Olmos verdes de muchos años, de anchos brazos, grandes bóvedas De verdor perfecto en las horas de verano.

Un sendero rojizo serpenteaba despacio allí Entre dos matas de uvas, [ambas] frondosas y hermosas, Bien crecidas, que rozaban la rodilla de un hombre alto.

Ningún día de verano se volvía allí demasiado caluroso, Pues había una agradable frescura en el lugar Traída hasta allí por un arroyo que los hombres podían ver Tras el tronco de corteza rugosa de cada árbol⁠— Un arroyo pequeño que siempre murmuraba Y aquí y allá brillaba bajo un repentino sol; Pero en su mayor parte, barrido por ramas sombrías, Entre hierba alta y hojas caídas se adormecía, Con de vez en cuando un salto, un destello, Mientras alguna roca esquiva se atravesaba en el arroyo.

Siguiendo de cerca por este callejón, uno se acercaba Al lugar donde descendía repentino, escarpado, Hacia un valle entre dos colinas boscosas, Por donde corría un río hecho de muchos arroyos.

Cerca de donde en este el arroyuelo del callejón Desembocaba en turbulencia, se alzado como en sueños Un solitario y pequeño molino en el apartado valle, Con musgos naranjas sobre un tejado de pizarra gris Y todos los muros y cada piedra de dintel Cubiertos astutamente de musgos de agua.

Sus ventanas de cuatro cristales miraban a un estanque que la sombra de la casa y los árboles mantenía fresco; retenidas por el musgoso azud que servía al molino, sus aguas pequeñas yacían inmóviles y quietas, salvo por un circular, lento giro de remolino que sobre su pecho salpicado de burbujas furtivo avanzaba y de vez en cuando el súbito, breve vaivén del viento de alguna rama de olmo o de haya, que todo el día se arrastraba en el estanque ensombrecido; pero muy abajo las aguas emancipadas, en flujo tumultuoso, salpicaban los peñascos y saltaban en espuma por el camino soleado que las llevaba a casa.

No se oía en absoluto ruido en el molino y el jardín de la pendiente, como un sueño, estaba en calma.

No llegaba sonido alguno a la espesura, salvo cuando los blancos carros cargados de sacos hacían crujir sus ruedas en el camino umbrío y inclinado y los grandes caballos se esforzaban contra la carga;

o cuando alguna trucha salpicaba quizás en la poza, o mi viejo perdiguero desde sus belfos colgantes le ladraba a la quietud misma.

En la casa había un silencio tan extraño que el ratón celebraba su carnaval al mediodía en el suelo.

Los hogares estaban revestidos de azulejos holandeses con pinturas de viejas historias de hechizos y encantamientos; y caballeros, de aspecto rígido, sobre corceles aún más rígidos, apresurados por ayudar a las bellas damas en sus apuros; y relatos bíblicos, de profetas y de reyes; y cuentos feéricos, de medianoche, de corro en los prados donde, al suave salir de los astros, los traviesos elfos danzan, tras despejar para sí las briznas de hierba como nosotros los hombres despejamos un bosque; y además de castillos fantasmales y de senderos en el bosque, de claustros conventuales y de velos religiosos y de otras tantas cosas por el estilo, se dibujaban cien relatos; y en ellos se mostraba el incensario oscilante, y en ellos las velas del altar brillaban débilmente y el sacerdote encorvado alzaba la sagrada hostia.

Y cuando caía la tarde, en tiempos de escarcha, y nuevos fuegos centelleaban en el hogar bien barrido y con pálidas lenguas y risueños sonidos de júbilo lamían la madera seca y los tallados perros de hierro sobre los cuales se amontonaba el tesoro de los leños, en el fulgor rojo que crecía y menguaba de nuevo las figuras retratadas se retorcían como si sufrieran, Elías sacudía su manto, y el caballero su lanza, y entre los elfos de ligero paso se veía la danza acelerarse, hasta que la llama una vez más se contraía, y todo volvía a ser igual.

Ni faltaban placeres más carnales que estos;

Pues al cerrarse la noche y al silbar los árboles en el viento, ante el fuego rubicundo se extendía el mantel, blanco como un deseo, servido con vasijas de plata y pan moreno y un empanado caliente humeante en la cabecera con oloroso vapor, y la jarra rebosante de amarga ale ámbar que escuece la garganta o copas cinceladas llenas de vino púrpura.

O si uno pidiera placeres más divinos, que se acerque entonces a la agradable hoguera y en la cálida y quieta estancia, que levante azules coronas de acre vapor desde el cuenco que brilla y se oscurece como un carbón encendido con cada inhalación de dulce humo.

Así despejará un escenario para esa singular gente, la prole de los sueños, esa raza de títeres feéricos que no quiere bailar sino en un espacio vacío; y purgará de todo prejuicio o credo su espíritu liviano, para que con mayor rapidez pueda rebasar los límites del arte y lidiar con los crueles interrogantes del corazón.

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