Querido Andrew, de pelo atigrado, que te glorías de haber lanzado al aire, muy por encima del brazo, la temblorosa caña, junto al Ale y al Kail, al Till y al Tweed: igual destreza manual demuestras para guiar la pluma que para arrojar la mosca: afortunado te considero; pues Dios, cuando te dotó de tintero y de caña, ordenó que tu sino te guiara para siempre por las curvas del Tweed, por siempre junto a los bosques del canto y las tierras que pertenecen a la Musa; o si por calles pobladas, o por el aborrecido sanedrín pedante, fuera tu destino deambular, aún aires de la mañana, aires de la colina, el pluvial Ettrick y los mares que rompen en torno a las Hébrides, te seguirían por campo y llanura y te hallarían junto al alféizar; y volverías a ver colina y torre, y los claros manantiales brotar a tus pies. Así se promulgó el decreto, y así parlanchín como un arroyo caminas, con sonido de alegre júbilo y destello de luz del día —ya transites en ese momento por el verde o por el gris; ya habites en marzo o en mayo; o ya trates de carretes y cañas o de los viejos dioses infelices: siempre como un arroyo tu página ha brillado, y tu tinta canta al Helicón.
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A Andrew Lang
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