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I

Allí, mientras ponderaba las nubes en busca de la sombra de futuros males, Ahupu, la mujer del canto, caminaba en lo alto de las colinas.

De estos procedía Rahéro, varón de piadosa estirpe; y heredó astucia de espíritu y belleza de cuerpo y rostro.

Antaño, en su juventud, como aito, Rahéro vagó por la tierra, cautivando a las doncellas con su lengua, derribando a los hombres con su mano.

Famoso fue en su juventud; pero antes de la mitad de su vida se detuvo y compuso un canto de despedida a la gloria y a la lucha.

“Casa mía” (decía), “casa sobre el mar, ¡Amada de todos mis padres, más amada por mí! Valle de la fuerte Honoura, hondonada profunda de Pai, Nuevamente en vuestras cumbres boscosas oigo al viento alisio clamar”.

“Casa mía, en tus muros, suena fuerte el mar, de todos los sonidos del mundo, el más querido al hogar.

He escuchado el aplauso de los hombres, lo he visto surgir y morir: más dulce ahora en mi casa oigo al viento alisio rugir”.

Estas eran las palabras de su canto, otro el pensamiento de su corazón; Pues el deseo secreto de gloria lo atormentaba, viviendo apartado. Perezoso y astuto era, y le encantaba tumbarse al sol, Y amaba el parloteo de la charla y la palabra verdadera dicha por diversión; Perezoso era, su techo era destartalado, su mesa era escasa, Y los peces nadaban seguros en su mar, y recolectaba lo cercano y lo verde. Se sentaba en su casa y reía, pero aborrecía al rey de la tierra, Y pronunciaba la palabra rencorosa bajo la mano protectora. La traición se extendía desde su puerta; y esperaba un día por venir, Un día de gente

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