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III

El Banquete

El alba amarilla como el azufre saltó a la cumbre desnuda, Y todo el pueblo bullía, pues iba a hablar el cura.

Salió a su terraza y se sentó a charlar con el jefe; Sus labios estaban negros de fiebre, sus mejillas más blancas que el yeso; La fiebre le atenazaba las manos, la fiebre le hacía asentir con la cabeza, Pero, quietos y firmes y crueles, sus ojos brillaban rojo rubí.

A los primeros rayos del sol el jefe se levantó contento; Convocaron a los bravos y a los tambores; iban y venían mensajeros; Los bravos corrieron a sus chozas; arrancaron las armas de la pared; El común de la gente se apiñó, y el miedo se apoderó de todos.

Vestían trajes de fiesta, mas la boca se les secaba, Y los ojos parpadeantes en sus rostros iban de norte a sur.

Al recinto sagrado acudieron los grandes y humildes, y de bajo la sombra del baniano brotó la voz del festín, el frenético repique del tambor y un canto veloz y monótono. Más alto subió el sol; el viento alisio, nivelado y fuerte, despertó en las copas de las palmas y sacudió los abanicos con ruido, y sobre las cabezas engalanadas y las ropas brillantes de la multitud arrojó las arañas de la sombra, dispersó las joyas del sol. Cuarenta era el cuento de los tambores, y los cuarenta latían como uno; mil corazones en la multitud, y el coro uniforme del canto, veloz como los pies de un corredor, pisoteaba con la fuerza de mil. Y los ancianos miraban de reojo los hornos y se lamían los labios por la comida; y las mujeres miraban fijamente a los muchachos, reían y

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