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Un canto de San Valentín

De arlequín considero el traje único que, en este mundo mestizo, al sabio verdadero conviene, el que con valor sonríe ante la desesperación y agita sus cascabeles ante los ojos de la vieja señora Grundy.

Los cantores deben cantar con tan buen ánimo que el mero hecho de escuchar fortifique como el vino, en esta desbocada época del año, la Fiesta de San Valentín.

Ya no exhibimos nuestros «debes»

Ni nuestros «tendrías» ni motivos ni fe en Dios. Su vida entera es de puertas adentro; los tristes pensamientos deben cuidar la casa, mientras los alegres salen al mundo,

Adentro velamos a las esperanzas difuntas; pero en las calles públicas, al viento o al sol, mantenemos abierto, en la fiesta anual, el teatrillo de títeres de la diversión.

Nuestros medios, quizás, sean pequeños para agradar, Pero incluso canciones de negros y castañuelas, Viejos chistes y réplicas trilladas Valen más que el desfile de vanos pesares. Que Jacques se quede contemplando al ciervo herido⁠— Nosotros nos alegraremos, honestos amigos míos, En esta época indómita del año, La Fiesta de San Valentín.

Sé cómo, día tras cansado día, la esperanza se apaga, el amor se apaga, mil placeres se apagan. No he transitado en vano ese camino en el que la luz de la vida oscurece, sombra a sombra.

Y aún, con menguantes esperanzas, crecientes pesares, aún, con el ingenio que posea, yo, por mi parte, mantendré abierto, en la fiesta anual, el teatrillo de títeres de la diversión.

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