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El Leñador

Por todo el soto, ni ave ni río ni nada más que mi hacha oyío, y el bosque su ropaje de mediodía vestía— la gloria de su sordo serení.

De la cumbre insular hasta los mares, árboles trepaban, árboles colgaban, árboles palpaban hacia arriba en los huecos. El verde enramaba el talud y el barranco por brazas. Por muchedumbre, las columnas rugosas del bosque y los manojos de ramas se erguían: espesos como una turba, profundos como el mar, y silenciosos como la eternidad.

Con hacha baja, con la nuca erguida, Apenas de esta escena huyó mi obrero, Y con un cuento enredado que contar, Regresó. Algún morador del infierno, Muerto o dios despojado, Le había pisado los talones y mirado de cerca, Y triunfado cuando él huyó al volverse.

¡Cuán distintas cayeron las líneas para mí!

Cuyo ojo exploró la arcada umbría impaciente por la sombra que venía⁠— tímido elfo, o dríade pálida y fría, o morador místico de otrora:

En vano. Las cosas bellas y señoriales, impasibles como reyes difuntos, estaban todas quietas en la quietud del bosque, y mudas. La multitud enraizada asintió y caviló, floreció y soñó, sin sentido, insondable. Parecía que ningún otro arte, ninguna otra esperanza conocían, que aferrarse a la tierra y buscar el azul.

Entre rey vegetal y cura y zagal, yo (la única bestia) hacía labor de bestia, matando; corté las tercas raíces de lado a lado, esparcí la gleba con las hojas deslucidas, y ordené a los renuevos caer en haces; abriendo paso entre la hierba enmarañada una ruina a la que llamé sendero, un Gólgota que, más tarde, cuando las lluvias regasen, y los soles brillasen, y las semillas enriqueciesen el lugar, daría fruto y sería llamado jardín.

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