Aquí y allá, espié y arranqué por el verde cabello Un enemigo más resuelto a vivir, La sensitiva dentada y asesina.
Él, semiconsciente, huyó del ataque; Se encogió y replegó sus ramas; Y esforzándose junto a su cabo de anclaje, Capturó y arañó la mano que lo arraigaba.
Lo vi agacharse, sentí que mordía; Y al instante mis ojos fueron tocados por la vista.
Vi el bosque tal cual era; La causa perdida y la victoriosa; La batalla mortal dispuesta en línea, Vi armas silenciosas cruzarse y brillar: Silenciosa derrota, asalto silencioso, Una batalla y una cripta.
Espesos a mi alrededor en el fango fecundo la zarza y el helecho luchaban hasta la sangre. La liana engarzada en su trampa enlazaba a sus renuentes vecinos: allí el verde asesino medraba y se extendía, se alimentaba de sus víctimas sofocadas, y retozaba en su espiral trepadora. Raíces contendientes luchaban por la tierra como demonios aterrorizados: con desesperación ramas competidoras empujaban en busca de aire. Verdes conquistadores desde lo alto montaban los cuerpos de sus muertos; los Césares del campo silvestre, no acostumbrados a fracasar, sentenciados a ceder: pues en las ingles de las ramas, ¡he aquí! crecen los cánceres de la orquídea. Silenciosos como en la arena vallada dos luchadores matriculados se esfuerzan y se aferran, mudos como junto a la orilla del Hooghly amarillo murieron los cautivos sofocados: así de callada avanza la guerra del bosque incesante; y los silenciosos enemigos se agarran y sofocan, se esfuerzan y se abrazan sin un grito, sin un jadeo. Aquí también suenan Tus abanicos, oh Dios, aquí también Tus estandartes se mueven errantes: ¡bosque y ciudad, mar y orilla, y toda la