juntos en un suburbio dormitorio, me pareció una idea estupenda. Él encontró la casa, un destartalado bungaló de cartón piedra por ochenta dólares al mes, pero a última hora la empresa lo destinó a Washington, y me fui al campo solo. Tenía un perro —o al menos lo tuve durante unos días hasta que se escapó—, un viejo Dodge y una mujer finlandesa que me hacía la cama, preparaba el desayuno y rumiaba para sus adentros sabiduría finlandesa junto a la cocina eléctrica.
Estuvo solo por un día más o menos hasta que una mañana un hombre, llegado más recientemente que yo, me detuvo en el camino.
—¿Cómo se llega al pueblo de West Egg? —preguntó desamparado.
Se lo dije. Y al seguir andando ya no me sentía solo. Era un guía, un explorador, un poblador original. Con total despreocupación, me había concedido la libertad del vecindario.
Y así, con la luz del sol y las grandes ráfagas de hojas creciendo en los árboles, tal como crecen las cosas en las películas rápidas, tuve esa vieja certeza de que la vida volvía a empezar con el verano.
Había tanto que leer, por una parte, y tanta salud espléndida que extraer del aire joven y vivificador. Compré una docena de volúmenes sobre banca, crédito y títulos de inversión, y se alineaban en mi estante en rojo y dorado como dinero nuevo de la Casa de la Moneda, prometiendo revelar los brillantes secretos que solo Midas, Morgan y Mecenas conocían. Y tenía la firme intención de leer muchos otros libros además. Yo era bastante literario en la universidad