grandullón y forzudo de—”
—Odia esa palabra, «forzudo», —objetó Tom con fastidio—, incluso de broma.
—Enorme —insistió Daisy.
A veces ella y la señorita Baker hablaban al mismo tiempo, discretamente y con una inconsecuencia burlona que nunca llegaba a ser habladuría, que era tan fresca como sus vestidos blancos y sus ojos impersonales en ausencia de todo deseo. Estaban allí, y nos aceptaban a Tom y a mí, haciendo tan solo un esfuerzo educado y amable por entretener o ser entretenidas. Sabían que al poco rato la cena habría terminado y un poco más tarde la noche también habría terminado y sería guardada sin más. Era radicalmente diferente del Oeste, donde una noche era apresurada de fase en fase hacia su conclusión, en una anticipación continuamente decepcionada o bien en un puro pavor