Había música en la casa de mi vecino durante las noches de verano. En sus jardines azules hombres y mujeres iban y venían como polillas entre los susurros, el champán y las estrellas.
A la hora de la marea alta, por la tarde, veía a sus invitados lanzarse desde la torre de su balsa, o tomar el sol en la arena caliente de su playa mientras sus dos lanchas a motor surcaban las aguas del Sound, arrastrando tablas acuáticas sobre cataratas de espuma.
Los fines de semana su Rolls-Royce se convertía en ómnibus, y trasladaba grupos hacia y desde la ciudad entre las nueve de la mañana y pasada la medianoche, mientras su coche familiar corría como un ágil escarabajo amarillo al encuentro de todos los trenes.
Y los lunes ocho criados, incluido un jardinero extra, trabajaban todo el día con mopas, cepillos de raíz, martillos y tijeras de podar, reparando los estragos de la noche anterior.
Todos los viernes llegaban cinco cajas de naranjas y limones de unafrutería de Nueva York; todos los lunes esas mismas naranjas y limones salían por su puerta trasera convertidas en una pirámide de mitades exprimidas. En la cocina había una máquina capaz de extraer el jugo de dos naranjas en media hora si un mayordomo apretaba un botoncito doscientas veces con el pulgar.
Al menos una vez cada quince días un equipo de caterin bajaba con varios cientos de pies de lona y suficientes luces de colores para convertir el enorme jardín de Gatsby en un árbol de Navidad. Sobre las mesas