desconocida para mí. Estaba tendida a todo lo largo en su extremo del diván, completamente inmóvil, con la barbilla un poco levantada, como si estuviera equilibrando en ella algo que muy bien pudiera caerse. Si me vio de reojo, no dio la menor muestra de ello; de hecho, estuve a punto de murmurar una disculpa por haberla molestado al entrar.
La otra muchacha, Daisy, hizo el amago de levantarse —se inclinó ligeramente hacia delante con una expresión concienzuda—, luego se rio, una risa absurda y encantadora, y yo también me reí y entré en la habitación.
“E-estoy paralizada de felicidad.”
Volvió a reír, como si hubiera dicho algo muy ingenioso, y me apretó la mano un momento, levantando la vista hacia mi rostro, prometiéndome que no había nadie en el mundo a quien tuviera tantas ganas de ver. Era una costumbre suya. Dejó caer en un murmullo que el apellido de la equilibrista era Baker.
(He oído decir que el murmullo de Daisy solo servía para que la gente se inclinara hacia ella; una crítica irrelevante que no por eso le restaba encanto.)
Sea como fuere, los labios de la señorita Baker temblaron, me saludó con la cabeza casi imperceptiblemente y luego volvió a echarla hacia atrás con rapidez; el objeto que estaba equilibrando se había tambaleado un poco, como era obvio, y le había dado un pequeño susto. De nuevo acudió a mis labios una especie de disculpa. Casi cualquier demostración de absoluta autosuficiencia me arranca un tributo atónito.
Miré de nuevo a mi prima, que comenzó a hacerme preguntas con su voz baja