mano hacia las estanterías.
“Sobre eso. De hecho, no hace falta que te molestes en averiguarlo. Lo averigüé yo. Son de verdad”.
“¿Los libros?”
Él asintió.
“Absolutamente reales—tienen páginas y todo. Pensé que serían de un cartón lindo y duradero. De hecho, son absolutamente reales. Páginas y—¡Aquí! Déjame enseñártelas”.
Dando por sentado nuestro escepticismo, corrió hacia las estanterías y regresó con el volumen uno de las Stoddard Lectures.
—¡Mira! —exclamó triunfante—. Es un impreso auténtico. A mí me ha engañado. Este tío es un auténtico Belasco. Es un triunfo. ¡Qué minuciosidad! ¡Qué realismo! Y además supocuándo parar: no cortó las páginas. ¿Pero qué quieres? ¿Qué te esperas?
Me arrebató el libro de las manos y lo devolvió apresuradamente a su estante, musitando que, si se quitaba un solo