—Nos encontraremos en alguna esquina. Yo seré el hombre que fuma dos cigarrillos.
—Aquí no podemos discutir esto —dijo Tom con impaciencia, mientras un camión lanzaba un silbido maldiciente a nuestras espaldas—. Sígueme hasta el lado sur de Central Park, frente al Plaza.
Varias veces volvió la cabeza y miró hacia atrás para ver su coche, y si el tráfico los retrasaba, disminuía la marcha hasta que volvían a estar a la vista. Creo que temía que se metieran por una calle lateral y desaparecieran de su vida para siempre.
Pero no lo hicieron. Y todos dimos el paso menos explicable de alquilar el salón de una suite en el Hotel Plaza.
El altercado prolongado y tumultuoso que terminó por confinarnos en aquella habitación se me escapa, aunque conservo el vivo recuerdo físico de que, en el transcurso del mismo, mi ropa interior no dejaba de trepar como una serpiente húmeda por mis piernas y frías gotas de sudor corrían a intervalos por mi espalda. La ocurrencia nació de la sugerencia de Daisy de que alquiláramos cinco baños y tomáramos baños fríos, y luego cobró una forma más tangible como «un sitio donde tomarse un mint julep». Cada uno de nosotros repitió una y otra vez que era una «idea de locos»—todos hablamos a la vez ante un empleado desconcertado y pensamos, o fingimos pensar, que