Le asombraba —nunca antes había estado en una casa tan hermosa—. Pero lo que le daba un aire de intensidad palpitante era que Daisy vivía allí; para ella era algo tan cotidiano como lo era para él su tienda de campaña en el campamento. Había en aquello un misterio maduro, el indicio de dormitorios arriba más hermosos y frescos que otros dormitorios, de actividades alegres y radiantes que tenían lugar por sus pasillos, y de romances que no estaban rancios ni guardados ya en lavanda, sino frescos, palpitantes y impregnados de los relucientes automóviles de este año y de bailes cuyas flores apenas se habían marchitado. Le entusiasmaba también que muchos hombres ya hubieran amado a Daisy; eso aumentaba su valor a sus ojos. Sentía la presencia de ellos por toda la casa, impregnando el aire con las sombras y los ecos de emociones aún vibrantes.
Pero sabía que se encontraba en la casa de Daisy por un accidente colosal. Por muy glorioso que pudiera ser su futuro como Jay Gatsby, en ese momento era un joven sin blanca y sin pasado, y en cualquier momento el manto invisible de su uniforme podía deslizarse de sus hombros. Así que aprovechó al máximo su tiempo. Tomó lo que pudo conseguir, con avidez y sin escrúpulos—al fin y al cabo tomó a Daisy una noche quieta de octubre, la tomó porque no tenía ningún derecho real a tocar su mano.
Podría haberse despreciado a sí mismo, pues sin duda la había conquistado bajo falsas apariencias. No quiero decir que hubiera sacado provecho de sus millones fantasmales, pero le había dado deliberadamente a Daisy una sensación de seguridad; le había hecho creer que él pertenecía más o menos al mismo estrato social que ella, y que era perfectamente capaz de cuidarla. De hecho, no tenía tales recursos —no contaba con una familia desahogada que lo respaldara— y estaba