campos primaverales, donde un tranvía amarillo les hizo una carrera por un minuto con gente dentro que alguna vez pudo haber visto la pálida magia de su rostro en la calle cualquiera.
La vía describió una curva y ahora se alejaba del sol que, al hundirse más, parecía extenderse en bendición sobre la ciudad desvanecida donde ella había exhalado su aliento.
Él tendió la mano desesperadamente como para arrebatar tan solo un jirón de aire, para rescatar un fragmento del lugar que ella había hecho hermoso para él.
Pero todo pasaba ya demasiado deprisa para sus ojos nublados y supo que había perdido aquella parte, la más fresca y la mejor, para siempre.
Eran las nueve cuando terminamos de desayunar y salimos al porche. La noche había marcado una diferencia notable