así que lo aparté y le pedí que esperara media hora. Pero no sirvió de nada. No vino nadie.
Alrededor de las cinco, nuestra procesión de tres automóviles llegó al cementerio y se detuvo bajo una llovizna espesa junto a la verja: primero un coche fúnebre, horriblemente negro y mojado, luego el señor Gatz, el pastor y yo en la limusina, y un poco más tarde cuatro o cinco criados y el cartero de West Egg, en la camioneta de Gatsby, todos empapados hasta los huesos. Al empezar a cruzar la verja hacia el cementerio, oí que se detenía un coche y luego el ruido de alguien que venía pisando los charcos detrás de nosotros sobre el suelo empapado. Miré a mi alrededor. Era el hombre de las gafas de búho a quien yo había encontrado maravillándose ante los libros de Gatsby en la biblioteca tres meses atrás.
No lo había vuelto a ver desde entonces. No sé cómo se enteró del funeral, ni siquiera sé su nombre. La lluvia caía a torrentes sobre sus gruesos lentes, y se los quitó y los limpió para ver cómo desenrollaban la lona protectora sobre la tumba de Gatsby.
Intenté pensar en Gatsby entonces por un momento, pero ya estaba demasiado lejos, y solo pude recordar, sin rencor, que Daisy no había mandado un recado ni una flor. Vagamente oí a alguien murmurar «Bienaventurados los muertos sobre los que cae la lluvia», y entonces el hombre de los ojos de búho